Palabras más, palabras menos

conjunto vacio

¿Se puede escribir sobre lo que uno quiera? Supongo que sí, yo por ejemplo, podría escribir sobre el día que mi marido me dijo que ya no me deseaba. También podría escribir sobre los colapsos nerviosos cada que busco un empleo “estable” en computrabajo o sobre mi fallida relación materna. Habrá escritores hábiles que pueden hacer de sus experiencias personales tratados de género, sociales o económicos y, con algunos giros de ficción, convertirlos en novelas.

En nuestras historias hay verdad y reivindicación de creencias ante complejidades que nos toca vivir y no comprendemos. El libro de Verónica Gerber Conjunto vacío, ganador del premio Aura Estrada (Editorial Almadía, 2015) abre con el tema de una ruptura amorosa con el Tordo, comprensible para los corazones rotos, de ahí viene lo inevitable, volver a casa de mamá y lidiar con presencias que representan vacíos. Vacío por la ruptura amorosa y por una ausencia o presencia materna inexplicable. La desavenencia se plantea como un concepto abstracto representado por diagramas de Venn. Con ellos es posible diagramar las relaciones de intersección, inclusión y disyunción. En la inclusión matemática el conjunto B pertenece a A. Ejemplo:

U=Universo

A=Conjunto 1

B=Conjunto 2

Diagrama 1

En la intersección el conjunto A y B bailan de “cachetito” y en su unión comparten elementos. Ejemplo:

diagrama 2La disyunción es cuando los conjuntos también bailan de “cachetito” pero no tienen elementos que compartir y la superposición queda vacía. Posiblemente la disyunción sea el más triste de los tres conjuntos.

diagrama 3

Ese lenguaje debemos sobreponerlo al texto, donde Verónica ocupa un lugar dentro de su escritura, el Tordo otro, y cada personaje de la historia es un conjunto; así, con cada encuentro en el universo ocurre una inclusión, una disyunción o una intersección. Una vez entendido ese lenguaje (de cierta forma impuesto) comenzamos a notar el hueco que dejan las palabras. Dónde debería decírsenos qué sucede hay un diagrama de Venn y la autora junto con la editorial apostaron por narrar así la historia.

En una de las primeras páginas de Conjunto Vacío se lee:

“Cuando un suceso es inexplicable se hace un hueco en alguna parte. Así que estamos llenos de agujeros, como un queso gruyer. Agujeros dentro de agujeros”.

Pues sí pero, ¿debiéramos entender todo lo que nos sucede a cabalidad? ¿Debemos escribir una novela con cada una de nuestras tragedias?

La novela parece un diario personal donde, como ocurre en el párrafo citado, hay huecos de congruencia, de tiempo y de personajes. No es por falta de palabras o ausencia de ellas, ni por la apuesta que la autora busca concretar, es por una historia llena de frases obvias, de dibujos que explican lo que no se quiere decir. En Conjunto Vacío hay una autora tímida que se excusa en cartas escritas al revés, en reflexiones tediosas sobre las circunstancias de sus personajes, los lugares y su alrededor, encerrando todo en ella misma y donde por cada cincuenta páginas hay una línea prometedora que intenta conectarnos con la historia:

“Pero los árboles escriben en un lenguaje que no se ve”.

“Muchos principios distintos sólo pueden ser sinónimo de muchos fracasos, de narraciones mutiladas. Eso es lo que Yo (y) tengo, un listado de pedazos dispersos”.

“Y el infinito es un conjunto eternamente vacío”.

Después de un segundo repaso y una redisposición como lectora, se aprecia, sobre todo en la parte final del libro, una suerte de Rayuela, se lee a una Verónica experimentando de forma más congruente con el tiempo de la historia. Hay una parte muy bella donde Alonso, uno de los personajes, y Verónica, se funden volviéndose un todo. No es el tema lo que emociona, sino cómo llega a él, como describe esa fusión atinando a hacerlo como ella buscaba: sin palabras.

En la Encuesta Nacional sobre Consumo Cultural en México 2012-2014 se revelan cifras desalentadoras, donde sólo 37 de 100 personas adquieren algún bien cultural: libros, revistas, discos de música, videos, software, etcétera.

Si se piensa en esos números, se debe tener en cuenta que los libros ocupan un porcentaje desconocido de ellos, pero es de esperarse que el consumo de libros sea menor. Los lectores en el país son escasos y suelen ser acaparados en las librerías por autores de best sellers o uno que otro souvenir, dejando las historias literarias, aquellas que piden como requisito para ser leídas un esfuerzo por parte del lector, empolvadas en los estantes. El énfasis en este panorama lo hago porque en el libro Conjunto Vacío es fácil entrar y salir sin rasguños. El público al que va dirigido es poco y con cierta experiencia como para poder preguntarle a una autora (sobre todo de una novela anunciada, financiada en parte y luego premiada) ¿Eso fue todo?

Verónica Gerber es una escritora y artista visual que puede dar más que un diario con diagramas de Venn, ya lo hizo en 2010 con su libro Mudanza (Auieo ediciones) donde presenta siete ensayos que sacuden la emoción. Se lee a una mujer inteligente trabajando a cada uno de los escritores que mudan de la literatura a otra disciplina, simplemente porque las palabras ya no les son suficientes. A Mudanza, una novela financiada por la Fundación para las Letras Mexicanas, casi no hay qué reprocharle, aquí se lee a una escritora sin artificios “experimentales”. En una de las hojas de Mudanza se puede encontrar:

“Este libro es, sobre todo, la confirmación de una imposibilidad. El campo extendido para una literatura sin palabras, una literatura de acciones. Del texto a la acción. De la página al cuerpo, de la palabra al espacio, de la novela a la vida escenificada” (pág. 15)

En Mudanza hay una escritora poniendo en escena los vacíos, la insuficiencia de las palabras para narrar, describir o expresar emociones; sin embargo, en Conjunto Vacío su apuesta cae al querer reflexionar sobre ese concepto abstracto sin reforzarlo con una historia que sostenga sus diagramas de Venn. Pensé mucho en esas personas que acuden a las imágenes religiosas del catolicismo a rezar, a contar sus historias, finalmente las imágenes sólo son un pretexto, y este segundo libro de Gerber suena a un pre-texto para narrarnos una parte inentendible de su vida y no el vacío como tal. Aunque esta novela pueda no ser del todo aclamada por sus lectores, como lo fue Mudanza, Verónica Gerber ya está en la línea de las escritoras; ojalá siga indagando en el vacío con un afán estético que vaya más allá de sólo explicarse ella misma.

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El engaño del invierno

nettelguadalupe

Hay que decirlo pronto: el libro de Guadalupe Nettel Después del invierno (2014) es una novela de engaño. Una cree, mientras avanza en sus páginas, que la historia se le escapa de las manos a la autora; refunfuña entonces y con mala gana retoma el libro para darse cuenta que la maestría de su relato está en la segunda mitad. A partir de ahí, una, avergonzada, estruja la novela entre su pecho, suspira hondo para luego cerrar las cortinas de su casa e intentar aterrizar las sensaciones fruto de la lectura, que se deben disimular al salir a la calle.

Invierno  El libro es la historia de dos personalidades, Claudio y Cecilia. Ambos personajes son dos líneas paralelas que no se tocan hasta la mitad de la novela. Claudio es un cubano individualista, un editor (nunca se sabe de qué) viviendo en Nueva York cuya experiencia más fuerte ha sido la muerte de su primera esposa y una experiencia homosexual cuando era niño. Cecilia es mexicana, abandonada por su madre y con una fuerte afición a las tumbas; estudió letras en la Universidad de Oaxaca y por excelencia se va becada a París.

Claudio es perseguido por culpas frente a la muerte de su ex mujer; Cecilia es tímida, pequeña, sin propósitos, pero eso ellos no lo saben. Nettel acierta al tejer personajes inteligentes y no adelantarse en ningún momento frente a ellos, poco a poco va develando lo humano de la historia. Ahí es donde engancha perfectamente al lector y da un zarpazo al final de la novela. La sensación ante la muerte, el vacío y un tiempo en esta vida que transcurre sin piedad y sin detenerse.

Lugares comunes: La novela no escapa a las innumerables referencias:

“Fueron ellos quienes me iniciaron en Tim Burton, en Phillip K. Dick y cuyas novelas adoré desde el principio y en otros autores como Lobsang Rampa que nunca acabaron de gustarme”.

“Leí con ahínco a Balzac y a Chateaubriand, a Théophile Gautier, Lautréamont, Huysmans y Guy de Maupassant”.

“La semana siguiente, no recuerdo si fue sábado o domingo, la invité a ver una película francesa Conte d’automne de Eric Rohmer”.

“Como en el poema de Baudelaire, la música es a veces para mí una nave que me transporta a lugares que no existen”.

“Al leer los títulos descubrí, para mi gran sorpresa que se trataba de ensayos de filosofía y de religión. Varios de ellos en alemán, otros en hebreo, muy pocos en español antiguo. Entre ellos reconocí una vieja edición del Zohar, traducido en Inglaterra, y la Guía de los Perplejos de Maimónides”.

“La tarde anterior, Tom había terminado de leer Los elixires del diablo de Hoffmann y no hacia sino elogiar al escritor”.

Todas las alusiones a libros sólo pueden hacer pensar al lector dos cosas; si es un lector experimentado pasará de largo esos nombres y los incluirá en la atmósfera de la historia, “parte de” se dirá, aunque en el peor de los casos se podría pensar que la novela puede caer en pretensiones innecesarias. La historia no es un compilado anecdótico de nombres, discos u otros autores, la historia es, y como escritora Guadalupe Nettel no tiene necesidad de plasmar a través de sus personajes los conocimientos aprendidos. Esa, debo decir, es una diferencia entre la literatura femenina y masculina. Mientras los escritores abordan con crudeza una historia, las escritoras giran y giran para llegar con lentitud al mismo punto, y en ese giro se puede perder al lector. El libro de la Nettel suele por momentos perder-nos.

Qué se puede recomendar: Durante la primera mitad de la novela esperaba que algo pasara, que me sacudiera, me preguntaba: ¿A dónde me va a llevar esto? Fue tibia esa primera parte, una descripción de gente “outsider”, (muy de la autora) que realmente adquiere su verdadera fuerza a partir de la página 148. Mi sugerencia es leer de esa página para adelante.

Un perfil de la autora: Fue hija de padres liberales practicantes del matrimonio abierto, pasa su niñez en los años setenta en un departamento de la Villa Olímpica de la ciudad de México. Allí se volverá lectora solitaria y escritora secreta, aguerrida futbolista entre varones, amiga de chilenos y argentinos exiliados en nuestro país y testigo del suicidio bonzo de una niña diagnosticada con esquizofrenia. Vivirá la separación de sus padres, la desaparición inexplicada del progenitor y la huida de su madre a Francia. Ella y su hermano vivirán entonces en la amplia casa de una abuela materna autoritaria, intolerante y represiva pero a la vez interesante, desapegada, humana. Luego irá a vivir a Francia por razones que no comprende o no le explican del todo, pero en el barrio y la escuela de Aix en Provence se unirá a emigrados magrebís o de las islas Mauricio y Guadalupe, a otros africanos, gitanos y franceses pobres para tornarse aún más aislada y solitaria, marginal y rebelde. [Tomado de Aislamiento y crossover, Alejandro de la Garza, Nexos, noviembre 2011.]

A los trece llegó a mis manos Arráncame la vida de Ángeles Mastretta, debo reconocer que a esa edad me emocioné con la historia, después (y por fortuna) llegaron libros de Simone de Beauvoir, Alfonsina Storni, sor Juana, Gabriela Mistral y me detengo en Patricia Highsmith. Por supuesto, también llego literatura escrita por autores, y con mi experiencia literaria puedo decir que se reconoce cuando un autor escribe una verdad neta, cuando su vida y su literatura están francos frente al lector, y una puede cuestionarles los detalles y algunas veces retarlos para que den más, pero considero que son sus circunstancias las que los determinan y ellos no podrán darte más si ellos mismos no son conscientes de ser limitados en sus experiencias. Pienso que cuando se hacen conscientes te ofrecen un pedazo de su vida y una forma de la literatura es la franqueza. Lo notable de la Nettel es su falta de pretensión, su honestidad.

El polémico especialista en soledad.

El 7 de enero en Francia el semanario satírico Charlie Hebdo fue atacado por miembros del Estado Islámico; 12 personas murieron, entre ellas Bernard Maris, amigo íntimo del escritor Michel Houellebecq. A partir de ese momento el escritor suspendió las presentaciones de MHsu nueva novela Sumisión (Flammarion, 2015) y desapareció de la escena pública.

Un par de días despues Houellebecq aparece en Alemania para continuar con la promoción de su libro “El comienzo de mis entrevistas ha sido penoso, porque he tenido que repetir en todas ellas que mi novela no es islamófoba. Ahora lo van a ser aún más, porque tendré que repetir eso y también que uno tiene el derecho de escribir una novela islamófoba si quiere”.

En algunos diarios se manejó la versión de que Houellebecq desapareció por miedo, ya que su novela es un texto que coloca al Islam en las puertas del Elíseo y las cosas en Francia ya se encontraban bastante pesadas, pues la coincidencia entre el ataque al semanario Charlie Hebdo y el su novela ponían el señalamiento sobre un tema sensible para los franceses: el Islam.

La coincidencia entre los ataques a Charlie Hebdo y la temática de Sumisión, obra de Houellebecq fue trágica; sin embargo no es nada raro que un autor francés del calibre de Houellebecq tuviera en la cabeza la relación Francia-islam penosa desde 2007, con el incremento de la migración musulmana. Recordemos por ejemplo en 2011, cuando el gobierno de Nicolás Sarkozy impone la prohibición del velo integral islámico en el espacio público y el castigo que se le impone a los hombres que obliguen a sus mujeres a llevarlo. Tambien Francia sólo cuenta con un lugar de culto por cada 2.600 habitantes musulmanes, lo que implica un gran incremento en la religión, desplazando a la católica.

El crecimiento musulmán en Francia ha traido en el país de la igualdad y la democracia una crisis de integración, no se establecen políticas adecuadas para asimilar la presencia musulmana, por el contrario, se fomenta la xenofobia y la resistencia a la incorporación; ahora, tras los ataques a Charlie Hebdo el panorama no parece mejorar. Houellebecq había venido hablando de su país desde la novela El mapa y  el territorio, donde revela en sus personajes un alejamiento de esa Francia que sostiene los valores que no puede practicar y de ahí surge Sumisión. El alejamiento suele ser la única constante del autor, como escribe en El mapa y  el territorio:

“Jed Martin se despidió de este modo de una existencia por la que nunca había sentido gran apego”.

Y de esa forma Michel Houellebecq se aleja, para escribir del mundo, pero se aleja y no, porque Sumisión es una ficción para burlarse de Francia y su cara feliz que nos regala todos los días como postal. Nuevamente el autor en El mapa y el territorio nos da otra clave para entender su nueva novela.

“Para emprender la escritura hay que esperar a que todo se vuelva compacto, irrefutable, hay que esperar a que aparezca un auténtico núcleo de necesidad”

Sin más Charlie Hebdo nos da la pauta para entender porque fue necesario para el autor escribir Sumisión, porque también sigue siendo necesario hablar de la relación autodestructiva entre musulmanes y parisinos.

Ver más en: (http://goo.gl/VuG30f)

Los invisibles

Actualmente colabora en el periódico El Universal

Javier actualmente colabora en el periódico El Universal

Benito, un hombre gordo, se arregla delante del espejo matemáticamente. Espantando cualquier asomo de vanidad se sabe poco elegante. Mientras alinea su ropa piensa en el desprecio de los hombres: “Me observan impertinentes, y sin que lo sepan, adivino sus deseos de pegarme hasta verme manchado de sangre”. Tambien piensa en las mujeres y los niños: “Sé que las mujeres y los niños me miran con miedo y morbosidad cuando salgo con mi pequeño maletín en la mano”. Entre sudor y resoplidos sube una escalera, su traje desgastado delata su falta de higiene. Llega a una puerta, un cliente lo espera. Benito se finge amable, extiende su mano flácida y sonrie mostrando sus dientes consumidos por el tabaco. Abre su maletín y reanima a una pálida muñeca. Una niña lo mira petrificada, él corresponde con una mirada pura, disimulando el odio. Vende la muñeca, esperando atormente los sueños de la niña.

Mientras tanto en el pueblo de Santa María una irrupción de mendigos acaba con el aburrimiento de los habitantes. El gereral Carral, un hombre malencarado, acalorado y aficionado al bourbon vigila con su titulo de jefe de policia a Pedro Altamirano, el pordiosero con el ojo de vidrio, el gabán raído y la pata de palo. Los niños del pueblo le temen a los indigentes pero a Jorge Gallardo, el archivero de Santa María, la llegada de tantos mendigos le produce una curiosidad irresistible. Durante el carnaval celebrado por el día de la patrona del pueblo, Gallardo decide practicar su afición por el disfraz y busca la forma de persuadir a Altamirano para poder disfrazarse de mendigo utilizando sus ropas, sin saber que la ocurrencia de costaría la vida.

Sin embargo Juan del Río, un pelirrojo irlandés no era aficionado a las ocurrencias, aunque sí a la justicia, practicada vanidosamente como  árbitro de futbol. Durante la patada ofensiva de un delantero el portero de Deportivo Estrella desvia el balón hacia unos matorrales. Logrando ver el blanco del balón corre a buscarlo pero lo detiene un silbato, luego el zumbido de una mosca, finalmente un uniforme negro en medio de un charco seco de sangre. Juan del Río antes de morir se levantó temprano, practicó sus ademanes de autoridad y sabiendose inmune a los insultos comenzó a vestirse siguiendo ciertas supersticiones: primero calzaba el pie derecho antes que el izquiero y se amarraba primero el izquierdo y después el derecho. Con una firmeza disimulada salió a pitar. Siguiendo una jugada el polvo nubla su visibilidad, sólo logrando ver cómo un balón pegaba dentro del área en la mano de un defensa “jugadas de apreciación” se dijo. Un hombre en la tribuna salió de su impasividad para comenzar un reclamo que se convertiría en ataque “eso es penalty“…

Javier García Galiano (1963) con una prosa breve y aveces un tanto aburrida escribe la historia de esos personajes que emergen con vida propia de historias recopiladas en una muy reducida reedición de  editorial La Centena, en cuya contraportada se puede leer: “está dedicada a recuperar obras significativas y a valorar a sus autores”. Según datos biográficos de Galiano es novelista, cuentista y traductor, estudió Literatura Alemana en la UNAM. El libro que se relata es su título más conocido Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas y otros relatos, editado originalmente en Heliópolis (1994). No hay mucho que decir sobre el autor pero se agradece su casi imperceptible presencia en un mundo literario (x), se agradecen sus traducciones (Joseph Roth, Novalis, Ernst Jünger, Kafka, Heimito von Doderer y Christoph Janacs), pero sobre todo, se agradece que todavía este vivo.

Su colaboración más reciente en el diario El Universal: http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/06/71030.php

No conozco el mundo, conozco sus nostalgias.

Las referencias que se tienen sobre Varsovia son contundentes: es la capital de Polonia y fue destruida en su totalidad al finalizar la segunda guerra mundial. De sus caídas nos regala “Contemnit procellas” (Desafía las tormentas) y “Semper invicta” (Siempre invencible).

Imagen de la plaza tras bombardeos Segunda Guerra Mundial

Imagen de la plaza central tras bombardeos Segunda Guerra Mundial

Como parte de un itinerario de trabajo un mexicano llega a la ciudad polaca. Tras un par de visitas previas decide tomarse el tiempo para descubrir esa “ciudad reservada, íntima y recóndita de sí misma”. En su llegada una serie de grises incidentes lo orillan a encerrarse en su cuarto de hotel para degustar un tinto con el resentimiento de un viajero hambriento y cansado. A la mañana siguiente ya instalado, toma su primer paseo para vivir la ciudad, entre mendigos inmigrantes, frío y un mal café, nos regala la primera postal:

Los tiempos ahí parecen confundirse: las manchas en el empedrado de las callejuelas activan la memoria; el crujir de cierta viga de madera se antoja como el mejor pretexto para viajar atrás en el calendario; las habitaciones de los hoteles parecen tener ecos, rumores, disonancias que suscitan un denso cúmulo de palabras tan remotas que resuenan en los corazones habilitados para escucharlas, y una vez ahí, a una distancia mínima del oído, la imagen creada se desmorona, como impulsada por un viento que arrastra un olor insoportable.

A partir de sus ojos el desconocido sugiere que podemos trazar Varsovia, pero no comprenderla realmente. Entonces ¿Cómo pensar la ciudad polaca?

Con la segunda botella de vino, el personaje de la pequeña novela del escritor mexicano Luis Bugarini, Estación Varsovia (2013), editada por SEDIENTO EDICIONES, recibe una llamada de su ex mujer, la misteriosa M. Al continuar su estancia en la ciudad comienza a sentir los estragos de ser un extraño, el hastío por el idioma polaco, la rutina, la soledad.

Un taxista británico y dos mujeres, H y V, le hacen la estancia más entretenida, sin embargo el personaje sigue:

En medio del barullo, me daba cuenta que mi soledad no era una sensación imaginada, sino el cúmulo de experiencias malogradas que ahí, justo ahí, cuando todo debía caminar sin problemas y la noche prometía una buena marcha, dejaron de rondarme la cabeza, y, al fin, decidieron caer sobre mí con toda su ansiedad.

Varsovia en invierno

La ciudad polaca en invierno

Parece que Bugarini con breves chispazos quiere trazarnos una historia y en medio de ese panorama nos inserta la duda al no poder diferenciar si es su propia voz o si de verdad en el libro hay un personaje. El protagonista de la historia, a punto de irse de la ciudad, lee en un libro la palabra “ruinas” e inmediatamente se establece la relación entre él y Varsovia. Después decide entrar al Museo Histórico y nos regala la segunda postal, que a través de esa similitud podemos entender:

El centro quedó convertido en una pila de cascajo y restos humanos, imágenes de orfandad y miseria. Una vez fuera del Museo, entendí el fondo de mi relación con la capital polaca: su destrucción, al igual que la mía, sólo podía ser restaurada por medios artificiales. Varsovia era una herida debajo de los escombros

Al final una llamada le confirma que debe ir a Hungría. A finales de Marzo el personaje está instalado en el hotel húngaro Pest. Cansado de su andar, M. vuelve a embestir con una llamada. Ese es el fin de la historia…

El acecho de Roth

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Era 1995. Mi familia y yo acabábamos de mudarnos a un barrio en el Estado de México. Mi madre me pidió que la acompañara a buscar un mercado para comprar el mandado. La misión era arriesgada porque implicaba caminar mucho por las calles no pavimentadas, exponerme al sol y escuchar el molesto zumbido que hacían los cables de alto voltaje montados sobre enormes torres. Decidí que no quería hacerlo, pero una niña de 12 años no decide así nada más, o sea, sin remedio, me vi forzada a acompañar a mi mi madre para encontrar ese mercado, que ninguna de las dos sabía si realmente existía.

Después de dar vueltas y preguntar mucho dimos con uno. Cuando entramos había un olor a humedad, el piso era de cemento y sólo había tres locales abiertos a las dos de la tarde. Apenas llegamos y ya me quería ir, pero repito: no tenía opción.

Mi madre y yo dimos vueltas al lugar buscando pollo. De los tres locales abiertos ninguno exhibía a los animales en ganchos o sobre rústicos exhibidores. La clave fue ver cómo una señora de pelo canoso, zapatos sucios, piel morena y ropas humildes se acercaba a un puesto que tenía varias jaulas con pollos vivos dentro. Otra señora se acercó al local, pero ella empujó una pequeña puerta de madera, abrió una jaula, sacó un pollo, le torció el pescuezo y semivivo lo metió a una olla de agua hirviendo. Lo sacó, lo desplumó, lo abrió y pesó la parte que la señora de zapatos sucios le pidió. Esa fue la primera vez que vi la muerte de un animal.

El acto de matar a un pollo Marcus Messner lo había presenciado cuando su padre, un carnicero de Newark en Nueva Jersey, lo llevó al matadero de la clase obrera en la calle de Astor para escoger los pollos y sacrificarlos de acuerdo a los estándares Kosher. Para los judíos “kosher” significa “apto”, “apropiado”, o “adecuado” en hebreo, y quiere decir que los alimentos son para los consumidores de religión judía que siguen de manera estricta las leyes de la Torah.

Marcus de seis años observa cómo su padre escoge a los animales, el matarife los coloca en una caja y de a uno va arqueando su cuello, retira algunas plumas y coge el cuchillo para degollarlos de un golpe certero y letal “Para que el animal fuese kosher tenían que dejar que la sangre se derramara”, nos cuenta Marcus, el personaje de la novela Indignación (2008) de Philip Roth.

En la trama la imagen de los animales desangrados viene a la mente del personaje (ahora de 18 años) porque se encuentra en el hospital universitario de Winesburg, recuperándose de una apendicitis. Olivia Hutton la única chica que se la ha mamado lo visita en el hospital, le lleva flores, él está enamorado, la idolatra y la describe como una mujer singular y con un aire de misticismo frente a las otras chicas que observa en el campus universitario, pese a tener una cicatriz en su muñeca que delata un intento de suicidio. Ella tiene 19.

“El hombre está ahí con sus botas, con la sangre hasta los tobillos a pesar del desagüe…y yo veía todo eso cuando era pequeño. Lo presencié muchas veces. A lo que quiero llegar con todo esto es que aquello era lo que Olivia había tratado de hacer: matarse de acuerdo con los preceptos kosher, vaciando su cuerpo de sangre”.

Se ha dicho de las historias y los personajes de Roth que a través de ellos el autor cuestiona el proceso de adaptación de los judíos a la cultura estadounidense. También se ha hablado que la muerte es un tema que al escritor le gusta hacer girar en sus novelas y en Indignación desde la primera hoja nos revela el íntimo manejo que tiene sobre ese tema cuando nos relata:

“Casi desde el día en que abandoné la carnicería, donde había trabajado para mi padre semanas de sesenta horas entre la época en que me gradué en el instituto en enero y el inició de la universidad en septiembre, casi desde el día que comencé mis clases en Robert Treat (primera universidad de Marcus), a mi padre empezó a aterrarle la posibilidad de mi muerte”

Philip Roth  es un autor multipremiado. Su labor como escritor fue reconocido con el Pulitzer por la obra Pastoral americana (1997) y en 2012 recibió el premio Príncipe de Asturias para después dejar de escribir. Su último libro fue Némesis.

La historia de Marcus sigue siendo una extensión de las vivencias de Roth y evoca aquellos días de la segunda guerra mundial, de los parientes judíos muertos, del exilio y la perdida de la seguridad en la vida. Algo así como salir de tu casa a caminar y terminar baleado por una mafia de rebeldes católicos. La vida como un absurdo, la muerte igual. Del amor, ni hablar.