El acecho de Roth

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Era 1995. Mi familia y yo acabábamos de mudarnos a un barrio en el Estado de México. Mi madre me pidió que la acompañara a buscar un mercado para comprar el mandado. La misión era arriesgada porque implicaba caminar mucho por las calles no pavimentadas, exponerme al sol y escuchar el molesto zumbido que hacían los cables de alto voltaje montados sobre enormes torres. Decidí que no quería hacerlo, pero una niña de 12 años no decide así nada más, o sea, sin remedio, me vi forzada a acompañar a mi mi madre para encontrar ese mercado, que ninguna de las dos sabía si realmente existía.

Después de dar vueltas y preguntar mucho dimos con uno. Cuando entramos había un olor a humedad, el piso era de cemento y sólo había tres locales abiertos a las dos de la tarde. Apenas llegamos y ya me quería ir, pero repito: no tenía opción.

Mi madre y yo dimos vueltas al lugar buscando pollo. De los tres locales abiertos ninguno exhibía a los animales en ganchos o sobre rústicos exhibidores. La clave fue ver cómo una señora de pelo canoso, zapatos sucios, piel morena y ropas humildes se acercaba a un puesto que tenía varias jaulas con pollos vivos dentro. Otra señora se acercó al local, pero ella empujó una pequeña puerta de madera, abrió una jaula, sacó un pollo, le torció el pescuezo y semivivo lo metió a una olla de agua hirviendo. Lo sacó, lo desplumó, lo abrió y pesó la parte que la señora de zapatos sucios le pidió. Esa fue la primera vez que vi la muerte de un animal.

El acto de matar a un pollo Marcus Messner lo había presenciado cuando su padre, un carnicero de Newark en Nueva Jersey, lo llevó al matadero de la clase obrera en la calle de Astor para escoger los pollos y sacrificarlos de acuerdo a los estándares Kosher. Para los judíos “kosher” significa “apto”, “apropiado”, o “adecuado” en hebreo, y quiere decir que los alimentos son para los consumidores de religión judía que siguen de manera estricta las leyes de la Torah.

Marcus de seis años observa cómo su padre escoge a los animales, el matarife los coloca en una caja y de a uno va arqueando su cuello, retira algunas plumas y coge el cuchillo para degollarlos de un golpe certero y letal “Para que el animal fuese kosher tenían que dejar que la sangre se derramara”, nos cuenta Marcus, el personaje de la novela Indignación (2008) de Philip Roth.

En la trama la imagen de los animales desangrados viene a la mente del personaje (ahora de 18 años) porque se encuentra en el hospital universitario de Winesburg, recuperándose de una apendicitis. Olivia Hutton la única chica que se la ha mamado lo visita en el hospital, le lleva flores, él está enamorado, la idolatra y la describe como una mujer singular y con un aire de misticismo frente a las otras chicas que observa en el campus universitario, pese a tener una cicatriz en su muñeca que delata un intento de suicidio. Ella tiene 19.

“El hombre está ahí con sus botas, con la sangre hasta los tobillos a pesar del desagüe…y yo veía todo eso cuando era pequeño. Lo presencié muchas veces. A lo que quiero llegar con todo esto es que aquello era lo que Olivia había tratado de hacer: matarse de acuerdo con los preceptos kosher, vaciando su cuerpo de sangre”.

Se ha dicho de las historias y los personajes de Roth que a través de ellos el autor cuestiona el proceso de adaptación de los judíos a la cultura estadounidense. También se ha hablado que la muerte es un tema que al escritor le gusta hacer girar en sus novelas y en Indignación desde la primera hoja nos revela el íntimo manejo que tiene sobre ese tema cuando nos relata:

“Casi desde el día en que abandoné la carnicería, donde había trabajado para mi padre semanas de sesenta horas entre la época en que me gradué en el instituto en enero y el inició de la universidad en septiembre, casi desde el día que comencé mis clases en Robert Treat (primera universidad de Marcus), a mi padre empezó a aterrarle la posibilidad de mi muerte”

Philip Roth  es un autor multipremiado. Su labor como escritor fue reconocido con el Pulitzer por la obra Pastoral americana (1997) y en 2012 recibió el premio Príncipe de Asturias para después dejar de escribir. Su último libro fue Némesis.

La historia de Marcus sigue siendo una extensión de las vivencias de Roth y evoca aquellos días de la segunda guerra mundial, de los parientes judíos muertos, del exilio y la perdida de la seguridad en la vida. Algo así como salir de tu casa a caminar y terminar baleado por una mafia de rebeldes católicos. La vida como un absurdo, la muerte igual. Del amor, ni hablar.

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