Palabras más, palabras menos

conjunto vacio

¿Se puede escribir sobre lo que uno quiera? Supongo que sí, yo por ejemplo, podría escribir sobre el día que mi marido me dijo que ya no me deseaba. También podría escribir sobre los colapsos nerviosos cada que busco un empleo “estable” en computrabajo o sobre mi fallida relación materna. Habrá escritores hábiles que pueden hacer de sus experiencias personales tratados de género, sociales o económicos y, con algunos giros de ficción, convertirlos en novelas.

En nuestras historias hay verdad y reivindicación de creencias ante complejidades que nos toca vivir y no comprendemos. El libro de Verónica Gerber Conjunto vacío, ganador del premio Aura Estrada (Editorial Almadía, 2015) abre con el tema de una ruptura amorosa con el Tordo, comprensible para los corazones rotos, de ahí viene lo inevitable, volver a casa de mamá y lidiar con presencias que representan vacíos. Vacío por la ruptura amorosa y por una ausencia o presencia materna inexplicable. La desavenencia se plantea como un concepto abstracto representado por diagramas de Venn. Con ellos es posible diagramar las relaciones de intersección, inclusión y disyunción. En la inclusión matemática el conjunto B pertenece a A. Ejemplo:

U=Universo

A=Conjunto 1

B=Conjunto 2

Diagrama 1

En la intersección el conjunto A y B bailan de “cachetito” y en su unión comparten elementos. Ejemplo:

diagrama 2La disyunción es cuando los conjuntos también bailan de “cachetito” pero no tienen elementos que compartir y la superposición queda vacía. Posiblemente la disyunción sea el más triste de los tres conjuntos.

diagrama 3

Ese lenguaje debemos sobreponerlo al texto, donde Verónica ocupa un lugar dentro de su escritura, el Tordo otro, y cada personaje de la historia es un conjunto; así, con cada encuentro en el universo ocurre una inclusión, una disyunción o una intersección. Una vez entendido ese lenguaje (de cierta forma impuesto) comenzamos a notar el hueco que dejan las palabras. Dónde debería decírsenos qué sucede hay un diagrama de Venn y la autora junto con la editorial apostaron por narrar así la historia.

En una de las primeras páginas de Conjunto Vacío se lee:

“Cuando un suceso es inexplicable se hace un hueco en alguna parte. Así que estamos llenos de agujeros, como un queso gruyer. Agujeros dentro de agujeros”.

Pues sí pero, ¿debiéramos entender todo lo que nos sucede a cabalidad? ¿Debemos escribir una novela con cada una de nuestras tragedias?

La novela parece un diario personal donde, como ocurre en el párrafo citado, hay huecos de congruencia, de tiempo y de personajes. No es por falta de palabras o ausencia de ellas, ni por la apuesta que la autora busca concretar, es por una historia llena de frases obvias, de dibujos que explican lo que no se quiere decir. En Conjunto Vacío hay una autora tímida que se excusa en cartas escritas al revés, en reflexiones tediosas sobre las circunstancias de sus personajes, los lugares y su alrededor, encerrando todo en ella misma y donde por cada cincuenta páginas hay una línea prometedora que intenta conectarnos con la historia:

“Pero los árboles escriben en un lenguaje que no se ve”.

“Muchos principios distintos sólo pueden ser sinónimo de muchos fracasos, de narraciones mutiladas. Eso es lo que Yo (y) tengo, un listado de pedazos dispersos”.

“Y el infinito es un conjunto eternamente vacío”.

Después de un segundo repaso y una redisposición como lectora, se aprecia, sobre todo en la parte final del libro, una suerte de Rayuela, se lee a una Verónica experimentando de forma más congruente con el tiempo de la historia. Hay una parte muy bella donde Alonso, uno de los personajes, y Verónica, se funden volviéndose un todo. No es el tema lo que emociona, sino cómo llega a él, como describe esa fusión atinando a hacerlo como ella buscaba: sin palabras.

En la Encuesta Nacional sobre Consumo Cultural en México 2012-2014 se revelan cifras desalentadoras, donde sólo 37 de 100 personas adquieren algún bien cultural: libros, revistas, discos de música, videos, software, etcétera.

Si se piensa en esos números, se debe tener en cuenta que los libros ocupan un porcentaje desconocido de ellos, pero es de esperarse que el consumo de libros sea menor. Los lectores en el país son escasos y suelen ser acaparados en las librerías por autores de best sellers o uno que otro souvenir, dejando las historias literarias, aquellas que piden como requisito para ser leídas un esfuerzo por parte del lector, empolvadas en los estantes. El énfasis en este panorama lo hago porque en el libro Conjunto Vacío es fácil entrar y salir sin rasguños. El público al que va dirigido es poco y con cierta experiencia como para poder preguntarle a una autora (sobre todo de una novela anunciada, financiada en parte y luego premiada) ¿Eso fue todo?

Verónica Gerber es una escritora y artista visual que puede dar más que un diario con diagramas de Venn, ya lo hizo en 2010 con su libro Mudanza (Auieo ediciones) donde presenta siete ensayos que sacuden la emoción. Se lee a una mujer inteligente trabajando a cada uno de los escritores que mudan de la literatura a otra disciplina, simplemente porque las palabras ya no les son suficientes. A Mudanza, una novela financiada por la Fundación para las Letras Mexicanas, casi no hay qué reprocharle, aquí se lee a una escritora sin artificios “experimentales”. En una de las hojas de Mudanza se puede encontrar:

“Este libro es, sobre todo, la confirmación de una imposibilidad. El campo extendido para una literatura sin palabras, una literatura de acciones. Del texto a la acción. De la página al cuerpo, de la palabra al espacio, de la novela a la vida escenificada” (pág. 15)

En Mudanza hay una escritora poniendo en escena los vacíos, la insuficiencia de las palabras para narrar, describir o expresar emociones; sin embargo, en Conjunto Vacío su apuesta cae al querer reflexionar sobre ese concepto abstracto sin reforzarlo con una historia que sostenga sus diagramas de Venn. Pensé mucho en esas personas que acuden a las imágenes religiosas del catolicismo a rezar, a contar sus historias, finalmente las imágenes sólo son un pretexto, y este segundo libro de Gerber suena a un pre-texto para narrarnos una parte inentendible de su vida y no el vacío como tal. Aunque esta novela pueda no ser del todo aclamada por sus lectores, como lo fue Mudanza, Verónica Gerber ya está en la línea de las escritoras; ojalá siga indagando en el vacío con un afán estético que vaya más allá de sólo explicarse ella misma.

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